Yo siempre comienzo a hablar cuando me invitan y digo que según encuestas:
Sólo el 24% de los jóvenes declaró hablar de política en forma frecuente con familiares y amigos. El 51% de manera poco frecuente. UN 23 no habla nunca de política.
Sólo el 11 por ciento declara tener participación política, el 15 participación solidaria, el 13 quiso participar pero no lo hizo y el 60 por ciento no participa ni tiene necesidad.
El 65% de los jóvenes declara que no simpatiza ni simpatizará nunca con ningún partido. Sólo el 8 por ciento está afiliado. El 25 simpatiza o podría simpatizar.
Después aporto algunas citas de Michel Mafesoli, intelectual francés que dice que:
Mafesoli dice que:
- El joven no cree en el mañana sino solo en el hoy.
- No cree en lo lejano (abstracto) sino en lo local (concreto)
- Lo revolucionario es la indiferencia. Más que oponerse al status quo, desestimarlo.
Pero hoy en cambio, quiero aprovechar que estamos entre políticos para dejar de echarle la culpa a los jóvenes y empezar a indagar en nuestras propias culpas, que temo que a veces no nos animamos a plantear.
Seamos crueles y sinceros. No enamoramos a nadie.
Los jóvenes no creen en la política, pero en el fondo creo que la política tampoco cree en los jóvenes.
Quiero partir de una realidad irrefutable. La democracia sólo funciona con partidos políticos. Son ellos los que fundamentalmente intermedian entre la sociedad y el poder.
¿Qué ha pasado con los partidos políticos?
Se han transformado en estructuras que reparten burocracias. La discusión más fuerte que hubo en los partidos. La que hizo sacar las uñas y verdaderamente conmovió a sus militantes fue el orden de las listas de legislador.
Ha desaparecido el debate ideológico. Ya no importa la ideología para formar parte de un partido, sólo la cuota de poder que ese partido puede alcanzar. Sólo así se entiende el transfuguismo permanente y que le toca a todos los partidos.
Las ideas que se discuten son el déficit cero, la guerra preventiva, la estrategia de marketing o como aplicar el managment en la gestión pública. Por estas ideas, discúlpenme nadie va a arriesgar su comodidad individualista.
El hiperrealismo ha transformado a las palabras idealista, utópico y soñador a defectos lamentables para quién se dedica a la política.
Tal vez sea hora de recuperar las ideas. Ha triunfado el pensamiento politológico y ha desparecido el pensamiento político. Yo sí creo que los jóvenes quieren construir un mundo mejor. Creo que Greenpeace o Amnesty están mejor preparadas que nosotros para ser un instrumento de esa construcción. Y va a seguir siendo así mientas la discusión más relevante que demos en nuestras estructuras políticas sea el orden de una lista de legisladores.
Yo no sé cómo se cambia el mundo, pero sé que algo tiene que ver con los jóvenes.
Para terminar permítanme con un juego de palabras corregir a Aristóteles cuando decía que la política era el arte de lo posible. En mi caso, como dice la canción: “Prefiero hablar de cosas imposibles, porque de los posible se sabe demasiado”.
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